Por qué entré al Liceo Naval?

por | Mindset | 0 Comentarios

Por qué alguien iría voluntariamente al infierno sobre la tierra que era el Liceo Naval "GD" José Antonio Anzoátegui?

La rutina más intensa que puedas imaginar:

  • Despertar todos los días a las 4:30 am por el sonido más estruendoso del mundo: la banda de guerra
  • Trotar 7 km
  • Bañarse apurado
  • Vestirse apurado
  • Ir trotando o corriendo a todas partes
  • Asegurarse de estar impecable. Botas pulidas, uniforme limpio, hebilla pulida
  • Comer rápido
  • Comida de mierda
  • Poca comida
  • Ver clases
  • Hacer ejercicio
  • Orden cerrado
  • Calor insoportable todos los días, mínimo 35º. Siempre llueve con sol
  • Gritos e insultos todo el día por lo más mínimo o porque si
  • Plantón
  • Mierdera (ejercicios como castigo)
  • Psico-terror
  • Bombas lacrimógenas
  • Golpes, peleas, trifulcas
  • Fantasmas
  • Acostarse tarde estudiando, pagando plantón o haciendo mierdera

El ciclo se repetía con intensidad variable, 5 días a la semana (suponiendo que no te quedaras arrestado), durante 5 años.

Mi experiencia con el El Liceo empezó desde que José Ángel, mi hermano mayor, entró cuando yo tenía 5 años.

Previo a su entrada, nuestra relación era difícil: peleábamos por cualquier cosa, en cualquier momento y en casi cualquier lugar. No tengo recuerdos de conversaciones con José Ángel, ni momentos de apoyo, ni nada de eso. Todo el tiempo era pelea, él regañándome por cualquier cosa o diciéndome que no a cualquier petición.

Luego de entrar al liceo, mis padres y muchísimos tíos siempre me decían: "después vas tú". Que me iba para allá. O me preguntaban si quería ir, a lo que yo usualmente respondía: no.

José Ángel era un hermano bastante abusivo antes del Liceo. Al irse fue como entrar en la universidad de la tortura. Los maltratos se hicieron peores. El más característico: me agarraba el cuello con el dedo medio y el meñique como una pinza, me apretaba hasta que me ponía violento o se apiadaba de mi.

La única buena noticia era que solo estaba en la casa los fines de semana, y usualmente lo pasaba en la calle.

Tener un hermano ausente no era algo desagradable para mi. Me gustaba estar solo jugando Nintendo la mayoría del tiempo o con mis propios amigos.

Los años pasaron.

Llegó el momento en el que debía decidir si quería entrar o no al Liceo. Aunque mis papás tenían años diciéndome que también iría, conmigo no existía la necesidad, como con José Ángel, de "disciplinarme". Era un excelente estudiantes o más bien, tenía excelentes notas. Era el representante de todo lo que podía, un líder natural y destacaba con facilidad.

Un día mis padres me llamaron a la mesa de la cocina, ellos de un lado y yo del otro, me miraron a los ojos y me preguntaron: "Hijo, ¿Quieres ir al Liceo Naval?"

No recuerdo cuantos minutos tarde en responder. Sé que mi si, no fue un si demasiado emocionado, pero fue un si.

Entrar al Liceo en aquella época no era sencillo, había que hacer un montón de pruebas, no todo el mundo entraba. A las pruebas fuimos más de 300 aspirantes, solo entramos al período de adaptación 150.

La pregunta sucedió unos cuantos meses antes de entrar efectivamente. En todo ese tiempo pude haberme arrepentido y probablemente no hubiese sido mayor problema. Pero yo no estaba acostumbrado a decepcionar a mis padres, en realidad no conocía la idea de "echarme para atrás", nunca lo había hecho.

Siempre tuve la idea de que entré al Liceo para complacer a mis padres. Yo sentí que eso era lo que ellos querían.

No puedo decir con certeza si lo sentía porque pensaba que era un estorbo, un pensamiento común mío de aquel entonces por ser el hijo del medio. O simplemente quería hacerlos sentir orgullosos, no quería decepcionarlos. Siendo criado por personas tan fuertes y firmes como mis padres, orgullo y falta de decepción significa enfrentarse y lograr objetivos difíciles.

Esa era mi idea hasta que recordé la experiencia en la primera visita en el período de adaptación.

El período de adaptación, tres semanas encerrado en el Liceo aprendiendo lo básico de la vida militar, fue una experiencia tan fuerte que pase de talla 34 en pantalón a talla 26. Rebajé alrededor de 15kg en dos semanas.

La primera visita era exactamente eso: una visita. La primera vez en dos semanas que nos veíamos.

Nunca había estado tan feliz de ver a mis padres, me llevaron cochino frito de la Ceiba, el mejor cochino frito de Venezuela. Estaba súper feliz, pero inevitablemente se irían.

Hacia el final de la tarde del primer día, José Ángel, que era cadete de 2do año de la Escuela Naval, estaba “perdido” en alguna parte del Liceo. Mis padres me piden buscarlo porque ya se va a acabar el asunto y no quieren tener que lidiar con la muchedumbre al salir.

Empiezo a sentir algo en el pecho. Como un dolor, una falta de aire, un sentimiento que está atrapado entre la garganta y el estómago. Me siento cabizbajo de repente.

Pregunto por ahí, me dicen que está en la 2da compañía hablando con el Maestre Enrique. Voy, efectivamente está allí. Le digo que mis papás lo están llamando. Me dice para ver mi taquilla, termina la conversación con el maestre y vamos allá.

Mi taquilla, como la de cualquier nuevo, es un desastre. José Ángel me regaña. Me dice como debo acomodar las cosas y me da algunas palabras de ánimo: "Todo pasa. No llores nunca. No te quejes. Tu eres fuerte."

Al poco tiempo de empezar a decir esas palabras, no aguanto más, empiezo a llorar desconsoladamente. Nunca había llorado tanto en mi vida.

Por primera vez en toda mi vida, mi hermano me ve, tiene piedad de mi y me da un abrazo. No estoy seguro si la escena fue tan emotiva, pero así la recuerdo.

Me secó las lagrimas con el pañuelo que debe siempre tener uno en el bolsillo derecho y me volvió a decir: "No llores nunca. Eres fuerte. Tu puedes con esto, no es tan difícil".

Pensando en aquella escena me doy cuenta que no solo era por mis padres que había entrado al Liceo. Después de una infancia en casi total soledad, con un hermano ausente con el que no jugaba, no hablaba y solo peleaba, entrar al liceo era una forma de acercarme a él. De entender algo de lo que el contaba, de sentir que merecía su amor, su apoyo y sus palabras.

Ahora entendía, el sabía que yo entendía y ese fue el punto de partida para que nuestra relación mejorara. De ahí en adelante, mi hermano y yo empezamos realmente a ser hermanos.

Volvamos a la pregunta del inicio: por qué alguien iría voluntariamente al infierno sobre la tierra que era el Liceo?

Por amor.

Yo amaba a mi hermano, o quería amarlo. La única forma de hacerlo era entendiéndolo al menos un poco, viviendo algo parecido a lo que él vivió. Amo a mis padres, los amaba en aquel entonces, quería hacerlos sentir orgullosos.

Solo luego de enfrentarme al sufrimiento y la dificultad, pude hacer ambos deseos realidad. Obtuve lo que quería y mucho más. Así es el amor, multiplica lo bueno.

En retrospectiva, me doy cuenta lo significativo que es enfrentarse al sufrimiento, de hacer cosas difíciles, de intentar lograr algo complicado. Incluso cuando no estás seguro de si ese es el camino correcto, incluso cuando es terrible en el momento, incluso cuando parece una locura.

Si no lo haces, te mantienes en la superficie: vacío, en silencio, muerto.

No entré al Liceo pensando en mi, lo hice pensando en mis padres y mi hermano. Al enfrentarme al reto encontré a mi hermano, hice orgulloso a mis padres, encontré al amor de mi vida, adquirí habilidades que me servirían para sortear y destacarme en la vida: disciplina, respeto, integridad, lealtad y fortaleza mental, conocí personas que se volverían mis hermanos para toda la vida.

El Liceo, como tantas otras experiencias, es solo una prueba más de que el significado y las respuestas que buscamos están en las dificultades y los obstáculos, no en la facilidad y la certeza. Nuestra constante obsesión por "sentirnos bien" nos hace más daño del que creemos.

El mejor consejo que pueda dar y doy fe de que es real es el siguiente:

Si te sientes desanimado, perdido, vacío, insuficiente, vale la pena enfrentarte a eso que haz estado evitando desde hace tanto tiempo. Vale la pena aumentar la dificultad, emprender una aventura, crear algo complicado para ti o para otros.

Vale la pena vivir.

No todo tiene que ser sobre ti. Te vas a encontrar en el camino si prestas la suficiente atención y puedes mantener una actitud positiva ante el inevitable dolor que acompaña a esta experiencia llamada vida.

Tener una actitud positiva no significa que siempre vas a ganar y obtener lo que quieres, significa que puedes darle significado a las cosas, sentido y valor real.

No es eso realmente lo que queremos? Poder irnos en cualquier momento satisfechos de que hemos vivido realmente, sin arrepentimientos, sin insatisfacción.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Optimismo

Es una newsletter semanal con contenido propio y curado sobre productividad, diseño, negocios, mentalidad, marketing y la vida misma desde una perspectiva, bueno, optimista.

You have Successfully Subscribed!